El domingo 8 de septiembre, en la eucaristía de las 20.00 horas, Juan Ignacio Damas, el hasta ahora párroco de Cristo Rey, se ha despedido «oficialmente» de la parroquia, aunque seguirá estando todavía en ella hasta la llegada del nuevo párroco, Antonio Vela, el día 19 de septiembre.

Al final de la celebración Laura Pérez, en nombre de la comunidad, le ha dedicado unas palabras. Y él se ha dirigido también a quienes durante estos años han compartido penas y alegrías, proyectos y sueños, Palabra y sacramento. Aquí abajo las tienes.

 

Palabras de Laura Pérez en nombre de la comunidad

Te damos gracias, Señor, por el ministerio en Cristo Rey de Juan Ignacio, un hombre y un sacerdote bueno, profundamente enamorado de Cristo y de su Iglesia. Un amor que contagia allá donde va y que ha sembrado en esta comunidad.

Te damos gracias por los cinco años que ha sido nuestro párroco y en los que ha sido precioso instrumento tuyo, tocando y convirtiendo muchos corazones, y haciendo de la nuestra una comunidad más fraterna, más corresponsable y más misionera, más como Tú quieres.

Por todo ello, en su despedida, hacemos nuestras las palabras del salmista, ya que al ponerlo en nuestras vidas “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

Palabras de despedida de Juan Ignacio a la asamblea reunida

 

Aprovecho este momento último de la eucaristía para despedirme oficialmente de vosotros, aunque esto me resulta extraño. Estos días de mudanza y el comenzar a vivir en otra casa distinta de esta que ha sido la mía durante cinco años me han hecho percibir que no estoy, que me he ido ya, desde hace mucho tiempo. Por otro lado, tengo ese sentimiento que expresa aquella canción: “y estás que te vas y te vas y te vas… y no te has ido”. Porque, aunque he asumido mis nuevos encargos, sigo estando aquí y parece que el Señor ha querido darme una prórroga de unos cuantos días, hasta la llegada de Antonio, el nuevo párroco, que se ha retrasado. Así que me voy, pero me quedo. A lo mejor tiene que ser así, para que nos parezcamos al Señor: él también se fue, pero se quedó. Me voy, pero algo importante de mí se queda entre vosotros.

Quiero deciros dos cosas.

La primera es una palabra de agradecimiento.
Tengo que agradeceros a todos los muchos momentos compartidos, la fe y el trabajo común con vosotros a lo largo de estos cinco años en Cristo Rey.
A mis hermanos en el ministerio, por vuestra disponibilidad y por vuestra generosidad y benevolencia conmigo. A los que estáis, y a los que están, pero de otro modo, porque el Señor se los llevó de esta casa para que desde la suya nos cuiden.
A los fieles de la parroquia: habéis sido de verdad mi familia. Os lo he demostrado y me lo habéis demostrado continuamente.
A las religiosas Misioneras de Acción Parroquial. Que pena que el Señor haya permitido que ya no estén entre nosotros, porque ellas han sido durante muchos años el rostro femenino, tierno y acogedor de Dios en la comunidad parroquial.
A las cofradías del Perdón y de la Humildad. A sus juntas directivas, con las que he compartido dificultades, pero, también y sobre, todo proyectos e ilusiones. Y a tantos hermanos cofrades con los que he compartido confidencias, de esas que se quedan en la intimidad y no se sacan fuera.
A la buena gente de Cáritas. A sus dos excelentes directoras durante este tiempo, que han demostrado que se puede imitar la generosidad de Jesús, trabajando incansablemente y dejando parte de la propia existencia en regalo a los que han sido heridos por la vida. Y a los del equipo, que a veces sacáis fuerzas de donde no las hay, para responder a la llamada que el Señor os ha hecho. Y a migrantes y transeúntes que habéis pasado por aquí buscando al cura, y que tantas veces me habéis hecho sentir que estaba haciendo poco y que me habéis sacado de mi comodidad.
A los catequistas y acompañantes de adultos y de niños, que habéis asumido la complicada tarea de sembrar y abonar el Evangelio en los corazones de nuestra gente que vive en una sociedad tantas veces indiferente y hostil al mensaje de Jesús, aunque lo necesita.
A quienes de una manera u otra habéis sido mis alumnos, en la Escuela de Fundamentos Cristianos, en los retiros, y en otros ámbitos, y que me habéis dado la oportunidad de dar testimonio de mi fe y compartir mi experiencia de vida. Sé que habéis aceptado ser mis alumnos, porque lo que deseáis de verdad es ser discípulos del único Maestro.
A los enfermos y a los ancianos, que desde vuestro dolor me habéis dado aliento.
A los niños, sobre todo a los monaguillos, que me habéis rejuvenecido.
A todos los que os ilusionasteis con el proyecto nada fácil de la conversión pastoral de la parroquia. Especialmente al equipo de conversión, que ahora estáis asustados, pensando que no sabréis que hacer. No temáis: es el Espíritu el que abre el camino: dejadle hacer y confiad en él. Pediré al Señor por vosotros, porque él ha querido que seáis en este momento preciso el alma de la parroquia.
A los Adoradores Nocturnos que me abristeis hueco en vuestras noches de oración.
Al grupo de la Renovación Carismática: sé que muchas de las cosas que he podido hacer, son fruto de vuestra intercesión por mí.
A quienes durante este último curso habéis formado parte del proyecto La Reunión, que nos ha dado la oportunidad de acercarnos y de conocer a un Jesús mucho más humano y, por ende, mucho más divino, que encarna su salvación y su gracia en lo cotidiano.
A ese equipazo cada día más grande y más ilusionado que el Señor ha hecho brotar de la nada, convencido de que la Iglesia existe para evangelizar y han hecho de cuatro40 su bandera.
A quienes decidisteis vivir vuestra fe no aisladamente y formasteis pequeñas células eclesiales en los grupos de vida, porque habéis descubierto que la fe hay que alimentarla en la cercanía y en el contraste con quienes nos conocen y nos quieren.
A los enfermos y al personal sanitario de la Clínica de Cristo Rey.
Y a todas las familias que, especialmente durante el tiempo de pandemia, tuve la suerte de conocer a través de las pantallas.
Al coro. Sois unos ángeles. Tenéis que seguir creciendo. No faltéis: os necesitamos.
A quienes habéis compartido conmigo cada domingo la eucaristía. Y también a quienes habéis sido fieles en la misa cotidiana en la capilla.
Soy consciente de que me dejo gente en el tintero: no me lo tengáis en cuenta. Es imposible dirigirme a todos, porque sois demasiados. En fin, a vosotros a quienes os he aludido y a todos los demás que no cito, pero que habéis formado parte de mi vida y vais a seguir formando parte de ella, porque hay lazos que la distancia no puede romper… a todos, de corazón, muchas gracias.

La segunda palabra ha de ser de perdón.
Quiero pediros que me disculpéis por las ocasiones en las que no he estado a la altura que vosotros necesitabais y que el Evangelio y mi ministerio me reclamaban. En mi familia aprendí que no se debe hacer daño adrede, a propósito, a nadie. Pero, tantas veces, por descuido, por falta de delicadeza, por cansancio, por exceso de trabajo… uno hiere a las personas. Y sobre todo a la gente cercana.
Soy débil y pecador, y quiero llevarme, además del perdón de Dios (que ese siempre está asegurado), el vuestro. Os ruego que me perdonéis.
Yo igualmente perdono de corazón a quienes en alguna ocasión, también por debilidad humana, me heristeis. Quiero irme en paz de entre vosotros. Y, como dice el Apóstol, no deber a nadie nada más que amor.

Me da alegría inmensa pensar que, de aquí unos cuantos días, estará entre vosotros Antonio, que asumirá el pastoreo de esta parroquia. Hemos tenido vidas bastante paralelas: somos del mismo curso y hemos compartido la formación y el estudio; y luego, en la tarea pastoral, coincidimos también en la misión diocesana en Ecuador y Antonio me sucedió en el servicio a la basílica de Santa María de Úbeda.
Antonio, aunque no estés aquí, tengo que decirlo para que conste: sabes que te quiero de verdad y sé que vas a querer a esta gente y a hacerle mucho bien.
Os dejo en buenas manos.
A todos, al nuevo pastor y a los fieles, os deseo lo mejor. Que la Virgen María, que nosotros veneramos con tanta devoción en la parroquia con los nombres de Madre de Dios y de Esperanza, os mantenga siempre bajo su protección maternal. Y que Jesús, el fruto bendito se su vientre, os colme de sus gracias y os haga ser cada día mas dignos del nombre de cristianos que recibisteis como regalo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.