Primera lectura

Hechos (9,26-31)

EN aquellos días, lleno de Espíritu Santo, Pedro dijo: «Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros. Él es «la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular»; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial

Salmo 21

EL SEÑOR ES MI ALABANZA
EN LA GRAN ASAMBLEA.

Cumpliré mis votos
delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán
hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan.
¡Viva su corazón por siempre!
Lo recordarán y volverán al Señor
hasta de los confines del orbe;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos.
Ante él se postrarán
las cenizas de la tumba,
ante él se inclinarán
los que bajan al polvo.
Me hará vivir para él,
mi descendencia le servirá,
hablarán del Señor
a la generación futura,
contarán su justicia
al pueblo que ha de nacer:
todo lo que hizo el Señor.

 

Segunda lectura

1 Juan (3,18-24)

HIJOS míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.
En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestro corazón ante él, en caso de que nos condene nuestro corazón, pues Dios es mayor que nuestro corazón y lo conoce todo.
Queridos, si el corazón no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.
Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó.
Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.

¡Palabra de Dios!

Evangelio

Juan (15,1-8)

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

¡Palabra del Señor!

Oración

Todas las oraciones de los fieles se reúnen en esta, que dice el sacerdote

DIOS todopoderoso y eterno,
leva a su pleno cumplimiento en nosotros el Misterio Pascual,
para que, quienes, por tu bondad,
han sido renovados en el santo bautismo,
den frutos abundantes con tu ayuda y protección
y lleguen a los gozos de la vida eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Reflexión

Gasta un ratito de tu tiempo en hacer tuya la Palabra

LA ALEGORÍA DE LA VID Y LOS SARMIENTOS

El discípulo de Cristo no sigue de lejos a su maestro, no se limita a escucharlo y aprender sus lecciones, ha de vivir unido a él por la fe y por el amor. Tan unido como el sarmiento está unido a la cepa. No son cosas distintas, forman una unidad, la vid. El cristiano es algo más que creyente o practicante, es parte de Cristo.

Para que el sarmiento tenga vida, ha de estar unido a la Vida. A mayor unión, más vida, más savia recibirá. Y la savia es la palabra, la savia es el amor, la savia es el Espíritu Santo.

La unión entre los sarmientos y la vid ha de ser íntima, permanente, creciente, fecunda.

Los frutos que el Padre espera de nosotros son los del Espíritu, frutos de amor, de paz, de justicia, de solidaridad, de servicio. Cada día has de ofrecer algún fruto al Señor. Cada día una oración continuada y un amor entregado. La vida no está para guardarla, sino para darla.

Aunque no tenga relación ninguna con el evangelio, el texto de los Hechos que hemos proclamado hoy en la primera lectura se puede leer como una concreción del mismo. El final nos dice cómo la vid, la comunidad cristiana, se extiende y fructifica. Y la primera parte, la que trata de Pablo, recuerda lo que dice la parábola a propósito del labrador: «a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto». Podar es cortar, herir al árbol, despojarlo de algo que le ha costado tiempo y esfuerzo producir. Pero el campesino lo hace para que esté más sano y fuerte. Eso es lo que hace Dios con Pablo. Y contigo. Para que des más fruto.