Primera lectura

Hechos (10,34a-37-43)

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EL grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.
Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor.
Y se los miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial

Salmo 117

DAD GRACIAS AL SEÑOR PORQUE ES BUENO,
PORQUE ES ETERNA SU MISERICORDIA.

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.
«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muertes.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.

 

Segunda lectura

1 Juan (5,1-6)

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos:
Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él.
En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.
Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.
¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

Palabra del Señor.

Evangelio

Juan (20,1-19-31)

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo: «Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás: «Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor.

Oración

Todas las oraciones de los fieles se reúnen en esta, que dice el sacerdote

DIOS de misericordia infinita,
que reanimas, con el retorno anual de las fiestas de Pascua,
la fe del pueblo a ti consagrado,
acrecienta en nosotros los dones de tu gracia,
para que todos comprendan mejor
qué bautismo nos ha purificado,
qué Espíritu nos ha hecho renacer
y qué sangre nos ha redimido.
Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Reflexión

Gasta un ratito de tu tiempo en hacer tuya la Palabra

JESÚS EN MEDIO

Los discípulos de Jesús se encontraban en una situación crítica. Era el derrumbe de todos sus sueños y esperanzas. Una muerte psicológica. Era también el peligro que corrían por la posible represión contra el «falso profeta». Una latente agonía.

Aquel día primero de la Pascua, que en adelante será para siempre el Primer Día, estos discípulos estaban desconcertados y temerosos, pero estaban reunidos, es decir, estaban haciendo fraternidad, aunque solo fuera para compartir desilusiones, miedos y fracasos. Era algo que habían aprendido de Jesús, vivir en comunidad, como el núcleo de una nueva familia, un nuevo pueblo.

¿Por cuánto tiempo podrían seguir así, faltando el amigo y el Maestro? Seguir unidos era casi una provocación, y era un riesgo. Sería mejor separarse. Y, dado que Jerusalén resultaba peligrosa, ¿por qué no volver a Galilea, cada uno a su familia y a su trabajo? La verdad es que algunos ya habían iniciado la desbandada.

Y en esto entró Jesús. Él era el buen pastor, y no consentiría que sus ovejas se dispersaran en el día del nublado y la tormenta. Aunque él ya lo había anunciado: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas» (Mc 14,27). Pero también les había asegurado: «Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas» (Lc 22,28); y, «cuando resucite iré delante de vosotros a Galilea» (Mc 14,28).

Se puso en medio. En medio de la sala y en medio de los corazones. Ojalá estuviera siempre en medio de las familias, de las comunidades, de las ciudades. Cristo en cada corazón y en el corazón del mundo. Cristo, el sol de nuestras vidas y de nuestra historia.

En medio. Es una expresión significativa. Cristo no ha venido para quedarse en la barrera, contemplando la existencia humana como un espectador, en los laterales, desde fuera, o sobrevolando, desde arriba. Cristo entró en la hondura del ser humano, dándole más hondura y más identidad. Él está en el centro de nuestra vida, en el centro de nuestras luchas y esperanzas, de nuestros dolores y alegrías. Comparte todo desde dentro, y sana y salva desde dentro.

Está asimismo en el centro de los encuentros y de las comunidades. Cuando dos o tres se reúnen en su nombre, él está en medio; cuando dos o tres trabajan en su nombre, luchan y sufren en su nombre, crean y gozan en su nombre, rezan y aman en su nombre, él está siempre en el centro de ellos, siempre en medio.

Cristo es el que hace posible la comunidad y la comunión. Fue, ya sabemos, uno de sus grandes sueños, forjar fraternidades, «que todos sean uno». Él mismo se hizo lazo de unión y palabra de comunicación. ¿Qué otra cosa es la eucaristía sino fermento de unidad y vínculo de caridad, palabra de entendimiento y savia común?

No es extraño que las primeras comunidades cristianas lo tuvieran todo en común, que llegaran a tener un solo corazón y una sola alma. Aun siendo realistas y aceptando las limitaciones y divisiones que surgían en el seno mismo de estas comunidades —no eran ángeles— sabemos hacia dónde apuntaban, cuál era su ideal y su espíritu.

En cada eucaristía ponemos a Jesús en medio. Cada eucaristía es profecía de unidad y comunión. Aprovechémosla.