«No soy digno»

Hablando de casa, vienen a la cabeza las palabras del centurión del Evangelio, que repetimos en la eucaristía cada vez que vamos a recibir el cuerpo de Cristo: «No soy digno de que entres en mi casa» (Mt 8, 5-17). 

No somos perfectos, la vida pone al descubiertos nuestras limitaciones e inconsistencias y podemos hacer dos cosas: intentar ocultarlas o aceptar que ahí están, que forman parte de nuestra historia personal y comunitaria…

Recibir a Jesús en mi casa, hacer de mi casa su casa, no es deshacerme de mi historia, de todo lo gris que a simple vista puede parecer que sobra en mi vida o en mi casa.

Es más importante que Dios me acoja y que yo acepte que mis errores forman parte de lo que soy. Prefiero que Dios me hable de mi fragilidad y saber que él es para mí (¡para todos!) un Padre que me quiere como soy y que, a pesar de mis errores, ve en mí un montón de posibilidades que incluso a veces ni yo soy capaz de ver.

Estamos llamados a ser imagen de un Dios que busca la oveja perdida; que abraza a los hijos pródigos, abriéndoles la casa y haciendo por ellos fiesta; que revuelve toda la casa hasta encontrar la moneda perdida para compartir la alegría con sus amigas y vecinas cuando la encuentra.

Relee el evangelio de este domingo

Sí, el de la purificación del templo. Recuerda que el único templo, la única «casa» en la que Dios vive es Jesús. Y, como tú eres parte de Jesús, de su cuerpo, que es la Iglesia, tú eres también la «casa» en la que Dios vive. No te equivoques: tu «casa» no es santa para que Dios viva en ella; es santa porque Dios, que vive en ella, la santifica. Aunque a ti te corresponde tenerla «barrida» y acogedora.

Pregúntate

  • ¿Crees que tu casa es digna de Dios?
  • ¿Crees que por eso Dios no puede «vivir» en tu casa?
  • ¿Qué reformas necesitas hacer en tu «casa» esta semana para que tu «Inquilino» se sienta bien en ella?

Ponle banda sonora a tu reforma