Vuelta… ¿a la normalidad?

Este domingo será el primero, desde el domingo 3º de Cuaresma, en que celebramos la eucaristía con fieles en nuestro templo parroquial. Ya la hemos celebrado durante esta semana pasada con una asistencia prácticamente normal, lo cual nos ha servido un poco de ensayo para el fon de semana, en el que las celebraciones tienen más afluencia de fieles.

Pero todavía no hemos vuelto a la normalidad. O, por decirlo de otro modo, esta normalidad no es del todo normal. Porque hemos empezado a vivir como el virus no estuviera, pero tomando medidas diversas de protección y de higiene, porque sabemos que sigue estando.

Procuremos ser mesurados. Se trata de protegernos y de proteger a los demás. No debemos caer en las exageraciones ni dejarnos llevar por los escrúpulos higiénicos; pero tampoco banalizar el tema ni ser descuidados. ¡Qué difícil equilibrio!

Pascua del enfermo

Si el virus hubiera respetado nuestra agenda parroquial, la tarde de este domingo 6º de Pascua estaríamos celebrando la Pascua del enfermo. Los ancianos, impedidos y enfermos de nuestra parroquia -muchos de ellos no pueden venir habitualmente- habrían sido convocados en nuestro templo para hacer fiesta por ellos y para recibir la unción de los enfermos.

La atención de la Iglesia a los enfermos es una tarea primordial, una preferencia que hemos recibido el mismo Jesús. Los evangelios nos cuentan muchos milagros del Señor. Con ellos, Cristo muestra a la gente de su época que él es que da la verdadera vida a los hombres y que ha venido a quitar todo lo les hace daño y les impide llevar una vida plenamente humana. Jesús curó toda clase de enfermos. Sanó incluso a gente que no era israelita y a personas que no estaban presentes ante él, como la hija de la mujer cananea o el esclavo del centurión. Llama mucho la atención la curación de leprosos, ciegos y paralíticos, que no solo eran enfermos, sino excluidos sociales.

Cuando Jesús llamó a los Doce, «les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 10,1). Por eso, para mostrarnos que los apóstoles son los continuadores de la obra de Jesús, en el libro de los Hechos de los Apóstoles se nos cuenta que hicieron milagros semejantes a los que el Señor había realizado.

La asistencia de la Iglesia a los enfermos tanto en los lugares donde está establecida como en las misiones ha sido constante a lo largo de los siglos. Casi no se concibe la Iglesia, sobre todo en misiones, sin hospitales ni dispensarios. Han sido además muchas las órdenes religiosas que han tenido como tarea principal el cuidado de los enfermos, por ejemplo los Hermanos de san Juan de Dios o los Camilos, las Siervas
de María y muchas otras.

Y es que la enfermedad es una realidad que ha acompañado a la humanidad desde siempre. Todos tenemos experiencia de la enfermedad en nuestro propia ser y en las personas que nos rodean. Las epidemias y pestes han sido realidades de gran dureza en muchas épocas. Todos hemos oído hablar de la «peste negra» que asoló Europa entre los siglos XIV y XVII. Ahora estamos en plena crisis de la enfermedad causada por el covid-19. Otras muchas enfermedades están siempre presentes y causan sufrimiento y muerte. La enfermedad afecta a toda clase de personas, ricos y pobres, jóvenes y viejos y trae consigo dolor, pobreza y exclusión social. Pero sigue siendo también hoy ocasión de manifestación del amor de Dios y de su ternura, y puesta en evidencia de la cercanía del que «soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores» (Is 53,4).