La desescalada es una realidad. A partir de este lunes, nuestro templo, como todos los demás de nuestra Diócesis abrirá sus puertas con estrictas medidas de distanciamiento social e higiene que garanticen la celebración de la eucaristía con fieles y de otros sacramentos, sin riesgo de contagio. La Conferencia Episcopal Española elaboró un protocolo para estas misas de transición con criterios comunes de actuación precisos, que en el Emaús del domingo pasado os ofrecíamos íntegras y que nuestro Obispo ha completado con una carta, con fuerte dimensión pastoral, que ha enviado a los sacerdotes.
Estas medidas para garantizar la seguridad de todos no son un asunto intranscendente. Hemos visto que los primeros días en los que se ha permitido salir para trabajar, para pasear y para practicar deporte han traído consigo gestos de irresponsabilidad hacia los demás. Y es comentario común de los últimos díasque, a ciertas horas, hay en las calles de Jaén tanta gente que parece la feria. No podemos querer volver de la nada al todo, sin pensar en los otros e ignorando que el covid-19 constituye todavía una amenaza real. Y, si no, que se lo pregunten a los sanitarios de los hospitales de nuestra ciudad.
El cristiano está llamado a un comportamiento evangélicamente ejemplar en este desconfinamiento pautado, tanto en la vida social como eclesial. Esta reflexión se explicita en pequeñas decisiones: comulgar en la mano o en la boca; concienciar a los mayores para que sigan en casa o precipitar su asistencia a la Iglesia; pararse o no a la puerta del templo a conversar con los amigos a quienes hace tanto tiempo no veíamos de cerca…
La vuelta a las misas nos exige un esfuerzo de inversión en geles, mascarillas, guantes, señalización de espacios y plus de limpieza. Un esfuerzo que estamos haciendo. Cabe esperar que el mismo empeño lo pongamos en la urgente reconversión pastoral, en la reactivación de una comunidad más participativa y más corresponsable, y en redoblar la caridad ahora que estamos viendo que ya se ha empezado a disparar la pobreza y comenzarán a flaquean los recursos.
No nos vaya a ocurrir tras la fiesta contenida de esta “primera comunión” después del confinamiento como a algunos chavales que culminan su catequesis de iniciación cristiana: que se convierta esta en una puesta de largo anecdótica sin más ecos a posteriori. Ojalá que también sepamos profundizar en la necesaria higiene interior que nos depure de tantas cosas que nos estorban. Ojalá los signos de sinodalidad y madurez propiciados durante la cuarentena no se esfumen. Para que volver a las misas sea también un regreso a Casa, a una nueva normalidad en la que prime una Iglesia más fraterna, más humana, más samaritana y más caritativa. Más sana. Más resucitada.






