No va a ser fácil retornar a la vida sacramental y social normales. Prevemos que pasará mucho tiempo aún para poder tener celebraciones religiosas y actos sociales en los que se implique mucha gente con normalidad. Meses atrás ni se nos podía pasar por la cabeza que podíamos ser privados de ellos.
Esto va a suponer un grave problema, porque la vida humana se hace de encuentros; y la vida cristiana necesita los sacramentos y la participación en actos de comunidad. Por un poco tiempo, salir a los balcones y compartir las palmas y la música nos pueden bastar para hacer sociedad. Y los medios de comunicación pueden ayudarnos a paliar la carencia de los encuentros eclesiales y sacramentales. Pero no puede prolongarse la situación de modo indefinido sin que busquemos soluciones adecuadas. La creatividad que estamos desarrollando, tanto a nivel de sociedad como a nivel de Iglesia, la hemos dirigido hacia lo urgente, es decir hacia lo provisional y extraordinario, pero tenemos que ponernos a pensar en lo permanente y habitual.
Seguramente las soluciones no van a ser fáciles, ni a nivel de sociedad ni a nivel de Iglesia. Lo que sí es cierto es que los creyentes necesitamos bautizar, confesar, comulgar, dar la unción a los enfermos, celebrar matrimonios… y eso lleva consigo reunirse, con las precauciones que sean necesarias, y participar en actos comunitarios. Pero es que humanamente necesitamos también sentir cerca a los amigos y a la familia; ser consolados, con presencia física y palpable, en el duelo; acompañados y alentados en la enfermedad por la gente querida… por mucho que nos hayamos conformado, porque no es ahora posible otra cosa, con oír la voz en el móvil o vernos las caras en la videollamada.
Tenemos que ir pensando cómo recuperaremos el tiempo, las caricias y los abrazos perdidos. Y cómo salir poco a poco y con seguridad de esta situación de «provisionalidad» que a muchos, especialmente a los que son más mayores y viven solos, ya les dura demasiado.
Además nos vamos a encontrar —nos estamos encontrando ya, y, si no, que le pregunten a los voluntarios de nuestras Cáritas— con que se multiplica el número de personas que necesitan ayuda en cosas básicas como la alimentación, la vivienda, el agua y la luz. Y la esta precariedad no va a ser «provisional», sino que se alargará, por desgracia, en el tiempo, para convertirse en algo «habitual» para muchas familias. Que el coronavirus se irá es seguro, pero dejará también aquí su secuela.
Preparémonos para lo que se nos avecina. Hagámoslo como comunidad, no cada uno por su cuenta. No vale el cada uno a lo suyo. La fe nos invita a afrontar este desafío y a hacerlo con esperanza y con fortaleza. Se lo debemos a los más débiles. Y al Señor, que por nosotros murió y resucitó.






