Cuenta san Lucas que, cuando Jesús tenía doce años, fue con sus padres, según su costumbre, a Jerusalén para celebrar la fiesta de Pascua. Todos nos sabemos la historia, porque nos la han contado o la hemos leído muchas veces. Con el jolgorio de unos que venían y otros que iban, de la gente que hacía el camino andando y conversando, Jesús se extravió. Seguro que María, que iba conversando con las mujeres, pensó que el niño andaba con José. Y José, que caminaba con un grupo de artesanos y de vecinos del pueblo, creyó que Jesús estaba con María. Pero no, después de buscarlo con angustia resultó que el chaval no estaba en la caravana: ¡y llevaban ya un día de camino! ¡Un día entero sin ver al niño!
Regresaron los esposos a la capital; todavía había en ella seguramente muchos peregrinos. Y preguntaron por acá y por allá, primero a los parientes y a los conocidos a quienes habían visitado y cuya casa se habían alojado. Pero el niño no aparecía. Imagina la angustia: dos días sin saber nada del muchacho.
Lo encontraron, dice el evangelista, al tercer día, sentado en medio de los maestros en el templo, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Admirados los doctores de que aquel adolescente conociera tanto la Ley y al Dios que la promulgó. Asombrados los padres; primero, por encontrarlo allí de aquella guisa; y segundo, por las palabras ásperas que el Hijo dio como respuesta a la interrogación angustiada de la madre: «¿«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Y «su madre —concluye el evangelista— conservaba todo esto en su corazón». No entendía y conservaba en el corazón.
Sí, ya sé lo que estás pensando: este es un relato del ciclo de Navidad y ahora estamos en la Pascua. ¿A cuento de qué nos lo recuerdas? Pues te lo digo. A cuento de que puede que ahora muchas madres y muchos padres estén sintiendo lo que María y José aquel día: que no entienden nada. Este fin de semana y el siguiente tenían que celebrarse las primeras comuniones en nuestra parroquia. Las familias habían volcado toda su ilusión en este acontecimiento, que ha desaparecido, por el momento, del horizonte próximo. Y quedan muchos interrogantes, que no podemos, por ahora, responder. Tendremos que aprender de la Madre de Jesús a conservar en el corazón cuando no entendemos y cuando nos parece que el Señor se pone «áspero» con nosotros, según nuestro juicio. El comprender requiere guardar en el corazón, meditar y ejercitar la paciencia. Ojalá sepamos recorrer este camino: seguro que el Señor abrirá para nosotros nuevos e insospechados horizontes.






