Tener los mismos sentimientos de Cristo

Viacrucis en el viernes de la semana tercera de Cuaresma

Los viernes de Cuaresma se celebraba el viacrucis en la parroquia de Cristo Rey. Bueno, se celebraba y se celebra; porque, aunque no podamos reunirnos en la iglesia, desde casa, en familia, lo podemos hacer, uniéndolos a los demás hermanos y hermanas que los rezan en sus hogares. Comencemos. 

«Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; lo condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y el tercer día resucitará» (Mt 20,18-19).

Señor, venimos a recorrer el camino que tú anduviste con la cruz. Concédenos tener tus sentimientos para que crucificados y muertos contigo, por la negación de nuestros egoísmos, se actualice en nosotros tu resurrección.

 

Primera estación

Jesús condenado a muerte

«Pilato preguntó a los judíos: ¿qué he de hacer, pues, de Jesús, al que llaman Mesías? Ellos gritaron todos: ¡crucifícalo!… Entonces él les soltó a Barrabás. Y a Jesús, después de azotarle, lo entregó a los soldados para que fuera crucificado» (Mt 27,22-26).

Señor Jesús,
tú has aceptado libremente la condena
que han merecido nuestros pecados.
Que nuestras faltas no te condenen más,
y que, a imitación tuya,
nosotros sepamos asumir con amor, por ti,
los fallos de los demás.

 

Segunda estación

Jesús cargado con la cruz

«Eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba. Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus heridas hemos sido curados» (Is 53,4-5).

Señor Jesús,
tú has sido para nosotros
un modelo de humildad
y de amor solidario.
Ayúdanos a cargar
con nuestra cruz cada día,
experimentando con fortaleza
lo que cuesta amar, y ser fieles.

 

Tercera estación

Jesús cae por primera vez

«Mi alma está triste hasta el punto de morir» (Mc 14,34).

Señor Jesús,
con tu anonadamiento,
tú has elevado al mundo caído.
Haz que nos acordemos de ti
en nuestras pruebas y desfallecimientos
para que nunca falle
nuestra fidelidad al Evangelio.

 

Cuarta estación

Jesús encuentra a su madre

«Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2,34-35).

Señor Jesús, tú has querido que tu madre compartiera tus sufrimientos en la cruz. Concédenos que, al recordar los dolores de la Virgen María, completemos en nosotros, en favor de todos los hombres, lo que falta a tu pasión.  

Quinta estación

El Cireneo ayuda a Jesús

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará» (Lc 9,23-24).

Señor Jesús, con qué amor miraste a aquel hombre que llevó tu cruz… Ayúdanos a llevar la cruz de los que sufren física o moralmente, viendo en ellos un signo privilegiado de tu presencia en el mundo.  

Sexta estación

La Verónica limpia el rostro de Jesús

«No tenía apariencia ni presencia; le vimos y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y deshecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante el que se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta» (Is 53,2-3).

Señor Jesús, concédenos una gran valentía para que podamos dar testimonio de ti en las dificultades. Imprime tu imagen en nuestras personas para que sepamos revelarte y hablar de ti ante todos los hombres.  

Séptima estación

Jesús cae por según vez

«Empujaban y empujaban para hacerme caer, pero el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y energía, él es mi salvación» (Sal 117,13-14).

Señor Jesús, en tu providencia misteriosa asocias a la Iglesia a los dolores de tu pasión; concede a los fieles que sufren por tu nombre, espíritu de paciencia y caridad, para que se manifiesten siempre testigos verdaderos y fieles de tus promesas.  

Octava estación

Jesús exhorta a las mujeres

«Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos…, porque si en el leño verde hacen esto, ¿en el seco qué se hará?» (Lc 23,27-32).

Señor Jesús, nosotros nos arrepentimos con frecuencia de nuestras malas acciones, pero no tanto de nuestras actitudes malas. Nos arrepentimos de hacer el mal, pero no tanto de ser malos. Danos un corazón contrito y humilde para que, reconciliados con tu amor, seamos, ante el mundo, testigos de tu misericordia.  

Novena estación

Jesús cae por tercera vez

«A quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2Cor 5,21).

Te rogamos, Señor Jesús, que tu gracia nos ayude en nuestra debilidad, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que te movió a entregarte a la muerte por la salvación del mundo.  

Décima estación

Jesús es despojado

«La verdad de Jesús consiste en despojarse… del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias… y revestiros del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4,21-24).

Señor Jesús, fortalécenos con tu auxilio para que nos mantengamos en espíritu de conversión. Que la austeridad y desprendimiento nos lleven a servirnos de tal modo de los bienes pasajeros, que estemos siempre fuertemente adheridos a los bienes eternos.  

Undécima estación

Jesús clavado en la cruz

«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flm 2,5-8).

Señor Jesús, concédenos el espíritu de tu amor para que, a imitación de ti, consideremos a los demás superiores a nosotros mismos, y, renunciando a nuestra independencia, nos hagamos, por amor, siervos los unos de los otros.  

Duodécima estación

Jesús muere en la cruz

«Nadie tiene mayor amor que este de dar la vida por aquellos a quienes se ama» (Jn 15,13).

Señor Jesús, los hombres, por egoísmo, odian matando. Concédenos, en cambio, a los cristianos prolongar tu misma pasión y muerte, de forma que sepamos amar hasta el sacrificio de nosotros mismos.

Decimotercera estación

Jesús en brazos de su madre

«Vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta, con el que el Señor me ha herido» (Lam 1,12).

Señor Jesús,
danos valor y misericordia
para acoger en nuestros brazos
y en nuestras casas
a todos los que sufren;
y para trabajar por evitar
todas las sufrimientos
y todas las muertes injustas.

 

Decimocuarta estación

Jesús es sepultado

«En verdad, en verdad, os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto. El que ama su vida la pierde; el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna.» (Jn 12,24-25).

Señor Jesús, que disipaste las tinieblas del pecado con la gloria de tu resurrección: aviva en tu Iglesia el espíritu fraterno, para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente al servicio de todos los hombres.  

Oración final

En espera de la resurrección

«Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre; mas su vida es un vivir para Dios. Así también vosotros consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6,9-11).

Señor Jesús, crucificado por amor,
te pedimos que nos revistas
de tus mismos sentimientos,
que identifiques nuestra alma
con todos los movimientos de tu alma;
que vivas en nosotros,
para que nuestra vida sea
irradiación de tu vida.
Tú que vives y reinas
por los siglos
de los siglos.
Amén.