Jesús aparece realizando en el evangelio de hoy la obra por excelencia del Padre, que es comunicar vida, y una vida que ya estaba en posesión de la muerte. Pero no es esa señal la que obtiene la fe de Marta, sino que la confesión creyente de ésta la antecede: «Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo» (11,27), apoyada solamente en la afirmación de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida» (11,25).
Estamos ante una fe proclamada «a destiempo» ya que su momento adecuado parecería ser el siguiente a la salida de Lázaro de la tumba. Pero entonces, parece decirnos Juan, ya no sería fe, porque lo propio de ésta es adelantarse y preceder a los signos.
Pero hay otro significativo destiempo (o llegada intempestiva) en la narración: el del retraso de Jesús que, aunque sabía de la enfermedad de su amigo, «prolongó su estancia dos días en el lugar» (11,6) y además pronuncia una frase incomprensible ante sus discípulos: «Lázaro ha muerto. Y me alegro por vosotros de no estar allí, para que creáis» (11,15).
Existe por lo tanto para Jesús un «no estar» en el lugar adecuado (devolviendo la salud a Lázaro) que es ocasión de fe, y eso es más importante para él que el consuelo que hubiera dado con su presencia. Realmente se merecía el reproche de Marta: «Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano…» (11,21) Marta no hace más que sumarse con voz femenina a la multitud de los que a lo largo de los siglos han protestado, clamado y hasta casi insultado a un Dios acusado de impuntual.
En general, en los evangelios, los discípulos no parecen estar muy de acuerdo con la medición de tiempos propia de Jesús: evidentemente, el durmiente que llevaban en la barca retrasó demasiado el momento de despertarse y calmar la tempestad (Mc 5,38). Tampoco estuvo atinado de cálculo cuando se le fue la gente detrás : «El lugar es despoblado y la hora es avanzada» (Mc 6,35). O sea, mucha compasión, pero ni idea de que el tiempo pasa y ahora a ver cómo nos arreglamos para que coman. Y no digamos cuando le entró aquella prisa insensata por subir a Jerusalén, con la que estaba cayendo allí (Mc 10,32). En opinión de los de Emaús, los tres días pasados en la tumba eran ya más que suficientes para darles razón en su sospecha de que la promesa de resurrección no había sido más que una pretensión insensata (Lc 24, 21). El tema del desajuste entre tiempos de Dios y tiempos humanos es reincidente en las parábolas: el amo no llegó hasta el tercer turno de vela (Lc 12, 38) y el novio se retrasó tanto, que el aceite de las lámparas estaba ya en las últimas (Mt 25,5).
Jesús es contundente y nunca aclara los cuándos de Dios «¡Estad en vela!», es lo único que recomienda (Mt 24,42) y, junto con eso, la convicción de que la semilla crece sin que el que la sembró sepa cómo (Mc 4,27). Aplícate el cuento.






