El texto evangélico de este domingo daría pie para hacer una muy extensa reflexión, pero nos centramos aquí solo en un dato que resulta sorprendente: el hecho de que sea el barro el medio extraño y claramente inadecuado empleado por Jesús para hacer su obra (que es la de Dios) de devolver la vista al ciego y para manifestarse él mismo como luz. El barro aparece cuatro veces en el texto, y siempre en manos de Jesús como complemento del verbo hacer (Jn 9, 6.11.14. 15) y, aparte de la clara alusión al barro de la creación del Adán (ver Gen 2,7), quizá forme parte del humor que acompaña a todo el texto: es precisamente algo opaco y oscuro el instrumento para que el ciego recupere la vista y para que la luz vuelva a sus ojos.
«El Señor está realizando una obra extraña» había dicho Isaías (Is 28,21), haciéndose eco de la extrañeza y el desconcierto que provoca la manera de actuar de Dios. Y es que el empleo de medios inapropiados parece pertenecer, según los escritores bíblicos, a las costumbres de Dios: cumplió su promesa de darles una descendencia numerosa a través de la esterilidad de las matriarcas (ver Gen 17,16); envió a un tartamudo a negociar la salida de Israel Egipto ( ver Ex 4,10) y fueron las ranas, las moscas y los mosquitos los encargados de agotar la paciencia del poderoso faraón (ver Ex 7-8). Para conseguir la victoria contra los amalecitas, Moisés, en vez de empuñar las armas, extendió los brazos para orar (ver Ex 17,11-12); la condición para vencer al poderoso ejército de los madianitas fue la disminución drástica de los soldados de Gedeón (ver Jue 7); y, para vencer a Goliat, David no se servirá de la lanza sino de las chinitas de su zurrón (ver 1Sm 17).
El Nuevo Testamento acentúa desde su comienzo los medios tan poco «convenientes» que van a caracterizar las acciones de Dios y del propio Jesús: las cuatro únicas mujeres que aparecen en su árbol genealógico según Mateo, son una muestra del «barro» de que se sirvió Dios para modelar al Nuevo Adán: una incestuosa, una prostituta, una extranjera y una muer relacionada con un adulterio. Descendiendo de abuelas tan insólitas, ya no puede extrañarnos nada de lo que sigue: una cuadra en un descampado como «denominación de origen» del anunciado como «Salvador, Mesías y Señor» (Lc 2,1-20); desperdiciar treinta años trabajando oscuramente en un pueblo perdido y, a la hora de aparecer en público, mezclarse con la gentuza para bautizarse en el Jordán.
Como predicadores de su evangelio elegirá a gente entendida solamente en barcas, peces o impuestos. Para convencer de la prioridad de «hacerse próximo» escoge a un samaritano, prototipo de los alejados (ver Lc 10,25-37); los modelos de fe que propone a su auditorio de intachables judíos serán una mujer impura por su flujo de sangre (ver Mc 5,34), una pagana, madre de una endemoniada (ver Mt 15,21-28) y un centurión del imperio invasor (ver Mt 8,10).
A los dispuestos a apedrear a la mujer acusada de adulterio no los disuade con un discurso brillante y convincente, sino inclinándose y escribiendo en el polvo (ver Jn 8); al ciego de Betsaida y a un sordomudo los cura aplicándoles su propia saliva (ver Mc 7,33; 8,23) y cura a un leproso realizando el gesto prohibido de tocarle.
Para hablar del Reino no acude al lenguaje erudito de los escribas, sino que narra cuentos poblados de personajes y elementos de la vida cotidiana: campesinos que siembran y cosechan, mujeres que amasan y encienden candiles, un pastor desvelado en busca de una oveja perdida, un padre asomándose al camino por si vuelve a casa el hijo que se le fue…
Y además de todos estos intermediarios inadecuados, los medios para alcanzar el Reino tampoco parecen los más convenientes: la pérdida resulta ser el precio de la ganancia (ver Mc 8,35) y para ser significativo e importante hay que ponerse a aprender de los niños (ver Mt 18,3); en cambio, el poder, la influencia y la riqueza se revelan como factores de alto riesgo; la posesión no es fuente de alegría sino de pesadumbre (ver Mt 19,16-22) y la acumulación, objeto de irrisión y ridículo (ver Lc 12,16-21).
Aflojad la tensión de vuestras manos y dejad que se os escapen las riendas con las que intentáis controlar a Dios, podría decirnos el ciego de nacimiento. Liberaos de vuestra obsesión por fiscalizar los «cómos» y dominar los «porqués» de sus acciones: tampoco yo conseguí entender por qué untaba mis ojos con aquel barro espeso que parecía cegar aún más mis pupilas. Pero me fié de su palabra, me dirigí a tientas a la piscina de Siloé, me lavé y, junto con el barro, se fueron mis tinieblas y me vi sorprendido por la luz como en la primera mañana de la creación. Aceptad el desafío de creer que el barro puede ser portador de luz, confiad en las manos de quien lo aplica a vuestros ojos, reconoceos en la negativa farisea de aceptar que la luz pueda llegar por otro camino que no sea el de los propios candiles y lámparas. Dad fe a la Palabra que os asegura que vuestras carencias y cegueras no os encierran definitivamente, sino que pueden ser puertas abiertas para el encuentro y entregad vuestra fe y vuestra adoración a Aquel que no pasará nunca de largo por las cunetas de vuestros caminos.
«El Señor está realizando una obra extraña» había dicho Isaías (Is 28,21), haciéndose eco de la extrañeza y el desconcierto que provoca la manera de actuar de Dios. Y es que el empleo de medios inapropiados parece pertenecer, según los escritores bíblicos, a las costumbres de Dios: cumplió su promesa de darles una descendencia numerosa a través de la esterilidad de las matriarcas (ver Gen 17,16); envió a un tartamudo a negociar la salida de Israel Egipto ( ver Ex 4,10) y fueron las ranas, las moscas y los mosquitos los encargados de agotar la paciencia del poderoso faraón (ver Ex 7-8). Para conseguir la victoria contra los amalecitas, Moisés, en vez de empuñar las armas, extendió los brazos para orar (ver Ex 17,11-12); la condición para vencer al poderoso ejército de los madianitas fue la disminución drástica de los soldados de Gedeón (ver Jue 7); y, para vencer a Goliat, David no se servirá de la lanza sino de las chinitas de su zurrón (ver 1Sm 17).
El Nuevo Testamento acentúa desde su comienzo los medios tan poco «convenientes» que van a caracterizar las acciones de Dios y del propio Jesús: las cuatro únicas mujeres que aparecen en su árbol genealógico según Mateo, son una muestra del «barro» de que se sirvió Dios para modelar al Nuevo Adán: una incestuosa, una prostituta, una extranjera y una muer relacionada con un adulterio. Descendiendo de abuelas tan insólitas, ya no puede extrañarnos nada de lo que sigue: una cuadra en un descampado como «denominación de origen» del anunciado como «Salvador, Mesías y Señor» (Lc 2,1-20); desperdiciar treinta años trabajando oscuramente en un pueblo perdido y, a la hora de aparecer en público, mezclarse con la gentuza para bautizarse en el Jordán.
Como predicadores de su evangelio elegirá a gente entendida solamente en barcas, peces o impuestos. Para convencer de la prioridad de «hacerse próximo» escoge a un samaritano, prototipo de los alejados (ver Lc 10,25-37); los modelos de fe que propone a su auditorio de intachables judíos serán una mujer impura por su flujo de sangre (ver Mc 5,34), una pagana, madre de una endemoniada (ver Mt 15,21-28) y un centurión del imperio invasor (ver Mt 8,10).
A los dispuestos a apedrear a la mujer acusada de adulterio no los disuade con un discurso brillante y convincente, sino inclinándose y escribiendo en el polvo (ver Jn 8); al ciego de Betsaida y a un sordomudo los cura aplicándoles su propia saliva (ver Mc 7,33; 8,23) y cura a un leproso realizando el gesto prohibido de tocarle.
Para hablar del Reino no acude al lenguaje erudito de los escribas, sino que narra cuentos poblados de personajes y elementos de la vida cotidiana: campesinos que siembran y cosechan, mujeres que amasan y encienden candiles, un pastor desvelado en busca de una oveja perdida, un padre asomándose al camino por si vuelve a casa el hijo que se le fue…
Y además de todos estos intermediarios inadecuados, los medios para alcanzar el Reino tampoco parecen los más convenientes: la pérdida resulta ser el precio de la ganancia (ver Mc 8,35) y para ser significativo e importante hay que ponerse a aprender de los niños (ver Mt 18,3); en cambio, el poder, la influencia y la riqueza se revelan como factores de alto riesgo; la posesión no es fuente de alegría sino de pesadumbre (ver Mt 19,16-22) y la acumulación, objeto de irrisión y ridículo (ver Lc 12,16-21).
Aflojad la tensión de vuestras manos y dejad que se os escapen las riendas con las que intentáis controlar a Dios, podría decirnos el ciego de nacimiento. Liberaos de vuestra obsesión por fiscalizar los «cómos» y dominar los «porqués» de sus acciones: tampoco yo conseguí entender por qué untaba mis ojos con aquel barro espeso que parecía cegar aún más mis pupilas. Pero me fié de su palabra, me dirigí a tientas a la piscina de Siloé, me lavé y, junto con el barro, se fueron mis tinieblas y me vi sorprendido por la luz como en la primera mañana de la creación. Aceptad el desafío de creer que el barro puede ser portador de luz, confiad en las manos de quien lo aplica a vuestros ojos, reconoceos en la negativa farisea de aceptar que la luz pueda llegar por otro camino que no sea el de los propios candiles y lámparas. Dad fe a la Palabra que os asegura que vuestras carencias y cegueras no os encierran definitivamente, sino que pueden ser puertas abiertas para el encuentro y entregad vuestra fe y vuestra adoración a Aquel que no pasará nunca de largo por las cunetas de vuestros caminos.






