Queridos consagrados y consagradas:

Ahora que estamos en estos días de dificultad y que los compartimos juntos, quiero dirigirme a todos, y a todas las comunidades religiosas para deciros que me preocupa vuestra situación y para enviaros mi afecto y mi aliento. A partir de ahora esta carta, aunque es para todos, se la dirigiré a las mujeres, por ser mayoría en nuestra Diócesis. Sé que algunas de vosotras estáis muy cerca de personas de riesgo y que seguís en la brecha sin miedo al peligro, solo pendientes de quien os necesite. No obstante, os digo que os cuidéis, por vuestro bien y el de los demás. Recorro la geografía diocesana y a muchas de vosotras os imagino confinadas en vuestras casas, pero con el corazón pendiente de aquellos a los que estáis unidas por la labor que habitualmente realizáis, que casi siempre es de cercanía a los más débiles y necesitados.

Estoy seguro de que a vosotras os sucede lo mismo que a mí: aunque estoy en mi casa y entiendo que ese es mi deber moral, con el que hago el mejor bien a los demás, sin embargo tengo siempre la sensación de que me falta la compañía de aquellos a los que habitualmente tengo que servir en la diversidad y riqueza de mi labor pastoral. Esta es la gran lucha interior de los que hemos sido consagrados para servir. No obstante, estoy convencido de que lo que Dios quiere en este momento de nosotros es el testimonio de nuestra ejemplaridad ante unas recomendaciones que están pensadas para el bien de todos.

Si os vale mi consejo, os recomiendo que convirtáis este tiempo de convivencia y silencio, en una oportunidad para reforzar dimensiones esenciales de vuestra vida como la comunión, el carisma, el servicio y la profecía. Quizá, esta convivencia forzada en las comunidades sirva para afianzar el sentido comunitario de la vida religiosa. Cuidaos unas a otras, fortaleced los lazos de fraternidad, los que quizá se han ido rompiendo, y prestad mucha atención a las hermanas mayores.

Por supuesto, es tiempo también de renovar el carisma, ese que tal vez se haya podido deslucir en nuestro día a día. Renovadlo en la frecuencia y la hondura de la oración personal y comunitaria. Como sabéis muy bien por experiencia, en la oración se encuentra siempre el primer impulso del fuego del Espíritu. Es en oración donde el Señor nos nuestro propio y específico carisma.

No os olvidéis en la oración, de pedir con perseverancia la ayuda del Señor, sed testigos de la confianza en Dios. De un modo especial, os recomiendo que pongáis ante nuestro Padre Dios a aquellos que mueren, sufren y lloran en estos días de pandemia. Y uníos con sencillez de corazón a toda la Iglesia, que en estos días hace y ofrece lo que tiene. Levantad vuestro corazón a Dios y pedidle la merced de que cuanto antes sea vencido el mal que tanto a todos nos preocupa.

Es tiempo también para el servicio creativo. Estando en casa, pensad cómo podéis estar cerca de la gente. El Coronavirus no puede anular nuestro sentido pastoral y nuestra inquietud social. Estad muy cerca de la gente con un contacto espiritual y en la atención a sus necesidades, sobre todo en las que están surgiendo de un modo nuevo en estos días. Sobre todo, ocupaos de los mayores, y procurad que a nadie le falte la cercanía servidora en sus necesidades concretas.

Es posible que en medio de esta confusa situación muchos acudan a vosotras buscando luz para sus vidas. No olvidéis que sois en la Iglesia profecía de un mundo nuevo; por eso, os recomiendo, sobre todo, que pongáis esperanza. Tenedla vosotras y ofrecedla a los demás. 

Son días de muchas privaciones espirituales para los católicos; nos falta hasta lo más esencial de nuestra vida, la Eucaristía, sin la que no podemos vivir. Sin embargo, este ayuno es de gran valor para muchas vidas. De cualquier modo, siempre tenemos a mano un alimento imprescindible: la escucha atenta de la Palabra de un Dios cercano y amigo, que caminó entre nosotros como Palabra hecha carne en su Hijo Jesucristo.

Si hemos seguido con fidelidad las normas que nos han dado las autoridades sanitarias es justamente porque no queremos poner a nadie en riesgo de contagiarse del Coronavirus. Nuestro deber moral en este momento es permanecer en casa. Espero que lo entendáis, porque estoy seguro de que si lo vemos como una privación de algo imprescindible saldrá fortalecido nuestro amor a la Eucaristía y nuestra necesidad de participar dignamente en ella.

Os escribo en este día de la Anunciación del Señor, que tan significativo es para vosotras, por ser la consagración de María vuestra referencia espiritual más segura y querida.

 

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Jaén